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<p>Si usted recorre la calle Bravo Murillo desde su cabecera, en la glorieta de Quevedo, hasta su desembocadura en Plaza Castilla, verá que <strong>el panorama de una orilla a otra dista mucho de ser homogéneo</strong>. Los cuatro kilómetros que conforman esta arteria madrileña ejercen de hormigonada frontera <a href="https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2026-04-17/mercado-barrio-mas-grande-madrid-fabrica-papeles-sobrevivio-incendio-1tna_4339085/" target="_self">entre poderes adquisitivos muy dispares</a>, y no faltan señales físicas con las que percatarse de ello. Pero antes de hablar del decorado urbano que pone de manifiesto estas diferencias, basta comprobar en los datos del INE que, en el lado este, las r<strong>entas medias pueden llegar a alcanzar los 40.000 euros. Mientras, en el lado oeste, no superan los 20.000</strong>. Hay algo inherentemente salvaje en este oeste que mira al balcón de sus vecinos, consciente de que cómo habitar en números pares o impares de la misma calle ya es una marca social.</p><p>Bravo Murillo, en su día conocida como la ‘Gran Vía Universitaria’, dada su proximidad a la Ciudad Universitaria y al efervescente trasiego juvenil, <a href="https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2026-04-30/organizacion-criminal-prostitucion-coactiva-madrid-1tps_4347705/" target="_self">atraviesa como un corte el distrito de Tetuán</a>. Una zona que alberga una población de 158.000 personas, de las cuales <strong>más del 20% son de nacionalidad extranjera</strong> (principalmente República Dominicana y Filipinas) y se erige como el área de Madrid con más densidad de población.</p><p>Estas cifras no dejan de resultar irónicas si hablamos de un marco urbano donde la desigualdad es palpable por medio de una linde que no sólo se encarna en los datos. También es igualmente perceptible en diferencias materiales. Dejando a un lado la arquitectura que salpica el lado oeste de Bravo Murillo, donde las viviendas de máximo tres alturas retranqueadas y melladas se pelean por un espacio en las pequeñas aceras (muchas de menos de 90 centímetros cuando la ley indica que, como mínimo, han de tener 1,5 metros), uno de los <strong>elementos llamativos son las casas de apuestas.</strong></p><p>Tenemos la friolera de <a href="https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2018-01-28/sportium-codere-luckia-salones-de-juego-ludopatia_1512360/" target="_self">dieciocho establecimientos en un paseo de quince minutos</a>, de los cuales sólo cuatro se sitúan en el margen este. La milla de oro del juego encuentra además su justificación, precisamente, en esa diferencia de renta. ‘¿Qué nos jugamos?’, un estudio realizado por la cooperativa de investigación Indaga, coordinado por Sociológica Tres y <strong>supervisado por Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud FAD</strong>, se establece que las personas con menor renta, menor nivel de estudio y peores condiciones en la vivienda son <a href="https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2019-11-14/radiografia-juego-madrid-vallecas-carabanchel-casas-apuestas_2335655/" target="_self">aquellas que más acuden a esta clase de locales de juego</a>. No es baladí, pues, que las casas de apuestas germinen en mayor número si hablamos de un lado u otro del eje de Bravo Murillo.</p>Zonas verdes y jardines<p><strong>La brecha es observable si hablamos de árboles, jardines y zonas verdes</strong>. En el margen este de Bravo Murillo, en especial si contamos a partir de la glorieta de Cuatro Caminos, se cuentan pequeños vergeles como los Jardines de Perón o el de Mahatma Gandhi, y parques como el de San Germán, por no hablar de los bancos y los plátanos de sombra o los álamos blancos, que sirven de visera municipal para los ciudadanos los meses estivales. Mientras, el lado oeste cuenta con reductos supervivientes como los Jardines de Carlos París o el oasis (algo agreste y cimentado, dicho sea) del Parque Barón.</p><p>Zigzagueando por las calles de la llamada ‘Perla de Cuatro Caminos’ o<a href="https://www.elconfidencial.com/vivienda/2019-04-28/alquiler-rentabilidad-vivienda-asequible-tetuan_1964454/" target="_self"> ‘Pequeña República Dominicana de Madrid’, </a>la sombra la crean los pocos edificios que superan las dos plantas, y el verdor resiste en el color de algunas fachadas más que en la presencia de naturaleza. Un ecosistema reducido a algún arbolito huérfano cada centenar de metros, siendo sus hojas más bien escasas hasta llegar a los límites marcados por los pulmones madrileños de la Dehesa de la Villa o el Parque de Agustín Rodríguez Sahagún. Y luego, claro está, uno de esos puntos clave que suelen emplearse a la hora de señalar una zona de la ciudad como desangelada es la limpieza.</p><p>La oposición sostiene que <strong>el 78% de la inversión va a las zonas más privilegiadas</strong>. Un informe de Más Madrid elaborado en 2024 incidía en las dos realidades de la calle: mientras el "lado bueno" del mapa cuenta con mimos diarios y una inyección de 14,2 millones de euros, el resto del distrito sobrevive con menos. Al oeste de Bravo Murillo, el panorama cambia. Allí donde la superficie se ensucia más, <strong>la limpieza se vuelve intermitente</strong>.</p><p>El estudio señala que ese 40% del territorio —el más humilde— <strong>apenas recibe barridos en días alternos</strong> y cuenta con un presupuesto cuatro veces menor que el de sus vecinos del este. Las cifras instantáneamente corroborables con un prospectivo garbeo por la zona oeste, donde los colchones con siniestras y sospechosas manchas campan a sus anchas en las aceras, y hasta pueden observarse no pocos restos de lo más singulares, como váteres sobre los adoquines con latas de cerveza sobre ellos —casi diríase performances artísticas— o bolsas de basuras abiertas y revueltas como si un mapache hubiera hurgado en ellas.</p>Herencia urbanística<p>Esta profunda brecha en las calles no es fruto del azar, sino la consecuencia de una herencia urbanística. El arquitecto Pedro Bidagor cimentó en su Plan General de Ordenación de Madrid, iniciado en 1941, una distribución según la cual Bravo Murillo no sería sólo una calle, sino la frontera que debía separar dos mundos: al este, el eje de la Castellana, proyectado como una vitrina de orden y representatividad para las élites; al oeste, el antiguo arrabal de Tetuán de las Victorias, concebido como un eje popular y de servicios destinado a absorber el crecimiento obrero. Al trazar esta distinción, Bidagor condenó a la zona oeste a una densidad abrumadora y a un papel secundario frente al "brillo" institucional de su vecino, sentando las bases de un modelo de ciudad donde el presupuesto y el esmero municipal parecen seguir, ocho décadas después, las mismas líneas que él dibujó sobre el plano.</p><p>Será por eso por lo que el periodista y músico, Moncho Alpuente, llamó a la calle Bravo Murillo, no la ‘Gran Vía Universitaria’, sino la ‘Gran Vía de los Pobres’. Salvo que, de un tiempo a esta parte, cada vez ha quedado más claro que lo de los pobres representa sólo una de las dos orillas. Antes hemos mencionado la renta per cápita, pero lo mismo podría decirse al respecto de los alquileres. Si bien desproporcionados en toda la Almendra de Madrid, con subidas acumuladas de hasta un delirante 80 % en los últimos cinco años, la zona oeste de Bravo Murillo todavía cuenta -tras una rápida búsqueda en el portal Idealista- con algunos pisos aceptables (más de 60 metros cuadrados con luz) por alquileres de menos de 1200 euros. Algo que, en el margen este, ya ronda de mínima los 1500 euros.</p><p>Caminando por Bravo Murillo, una persona puede saltar de la zona de Valdeacederas y Ventilla, donde es muy común encontrar personas sin hogar y construcciones demacradas, a Paseo de la Castellana, donde los trajes y las acreditaciones de consultoría son norma visual. Y uno se pregunta: ¿Cómo es posible que la diferencia en los alquileres no sea todavía mayor, a tenor de las visibles dificultades de ciertas zonas del barrio? Algo de lo que el medio Tetuán 30 días se ha hecho reiteradamente eco, por ejemplo, destacando el escandaloso aumento del chabolismo en Infanta Mercedes o los aledaños del Parque Agustín Rodríguez Sahagún.</p><p>Lo que Pedro Bidagor ideó, casi un siglo atrás, como frontera social, mantiene fuerte su clasista esencia. Antaño, el proletariado nacional se hacinó en el margen oeste de Bravo Murillo, donde residía mientras edificaba las acomodadas casas de los barrios pudientes del este. Hoy, la diversidad cultural ha sustituido al monopolio patrio del barrio, pero no ha alterado su naturaleza. Bravo Murillo, una de las arterias comerciales más transitadas de España, sigue encarnando una frontera cóncava, dividida por un trasiego ininterrumpido de coches, entre un este acomodado y un oeste humilde.</p><p>Los cambios sociales y la gentrificación también están ejerciendo su influencia en ambas zonas, con un aumento del precio de la vivienda que no casa con las rentas del margen más modesto. ¿Será una homologación hacia arriba, derivada de la expulsión de los poderes adquisitivos más bajos lo que, tras décadas, haga caer en desuso el término: la Gran Vía de los Pobres? El tiempo dirá.</p><img src="https://sb.scorecardresearch.com/b?c1=2&c2=7215267&ns__t=1779595106&ns_c=UTF-8&c8=Espa%C3%B1a&c7=https%3A%2F%2Frss.elconfidencial.com%2Fespana%2F&c9=https%3A%2F%2Fwww.elconfidencial.com%2F" width="1" height="1">